Ella y Danielito, algún día se van a casar - repetía con insistencia la madre de Laura junto a la tía de Daniel cada vez que lo veían jugar juntos en las fiestas de la primaria.
Estos deberían ser pareja - susurraban en estéreo Sofía y su novio Hector cada vez que salían a comer algo con ellos.
Es que al verlos, siempre surgían dos inevitables preguntas:¿Cómo puede ser que nunca hayan sidos novios?.¿ Cómo puede ser que aún no lo sean?
Desde tercer grado, Laura y Daniel fueron inseparables. Dos almas gemelas con la misma ruta: primaria, secundaria, universidad y profesión.
La amistad nunca se desgastaba, a pesar de las rutinas, los vertiginosos cambios y las innumerables salidas que compartían juntos con amigos o con sus parejas.
Siempre hubo complicidad en lugar de coqueteo. Consejos en vez de reproches. Juegos de póker en lugar de sexo.
Amigos, familiares y compañeros no podían entender que tanta química sólo desembocara en simple amistad. Menos podían entender que ambos estuvieran de pareja con dos personas que no compartían sus gustos y que no tenían ni siquiera la mitad de química que entre ellos sí había. Incluso, alguna católica picarona llegó a comentar que el caso Daniel-Laura era una apuesta de Dios contra Freud.
- Yo no puedo creer que Daniel se vaya a casar con alguien que no sea mi hija - repetía sin cansancio la madre de Laura a la tía de Daniel, al enterarse del compromiso del "yerno deseado" con su novia Samantha ( una chica hermosa e inteligente pero demasiada charleta para un reservado habitante de las nubes de Ubeda) .
Era gracioso ver a la madre de Laura pispear para ver cual era la reacción de su hija y casi desmayarse al verla tan feliz abrazando a la novia de Daniel como si fuera una hermana.
- Yo no puedo creer que a Laura nunca le haya pasado nada pero nada por Daniel. Mirala a la tonta como se ríe. ¿No se da cuenta que lo va a perder para siempre? - exclamaba horrorizada la madre de Laura a la tía de Daniel que asentía con total resignación.
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